El Dr. Alejandro Aquino habla con voz suave y es amable. Como médico de atención paliativa de CareCoach Connect, acompaña a sus pacientes en los momentos de mayor vulnerabilidad, cuando la medicina deja de ser tan solo un tratamiento y se transforma en presencia, compasión y comprensión. Es un momento en el que los pacientes necesitan a alguien que no solamente los oiga, sino que realmente los escuche; que no solo los vea, sino que reconozca plenamente a la persona que tiene delante, en toda su humanidad. En pocas palabras, les devuelve su dignidad. Basta hablar con él u observarlo durante unos minutos para darse cuenta.
Nacido en el Valle del Río Grande, el Dr. Aquino vivió en México hasta la preparatoria, cuando un mentor lo ayudó a seguir su camino hacia la universidad. Recibió su formación académica en Duke University, Texas Tech University y The University of Texas RGV, donde obtuvo respectivamente la licenciatura en biología, una maestría en salud pública y su título de médico. Su trayectoria se distingue por una sólida experiencia en investigación, así como por su labor social y de voluntariado. Hoy en día retribuye al Valle, el lugar que considera su hogar.
“En el Valle, la gente me ha ayudado a ser quien soy”, afirmó. “Pude obtener mi licenciatura en Duke gracias a becas locales. Me siento profundamente agradecido de poder retribuir y ayudar a mi comunidad en sus momentos de mayor necesidad. Somos una comunidad con características únicas y con un enorme potencial para revertir las enfermedades crónicas graves que afectan a nuestra población. Mi verdadera vocación es seguir enseñando y promoviendo hábitos saludables dentro del núcleo de nuestra sociedad: la familia”.
“En la actualidad soy el médico de los padres de un cirujano que me tomó bajo su tutela cuando estaba en la preparatoria. Me impulsó y me dijo que nunca me rindiera. A pesar de los obstáculos, fui a la universidad, regresé, y es un verdadero placer y un honor poder atender a estos pacientes”.
El Dr. Aquino escribió la historia que aparece a continuación sobre una de sus pacientes para darla a conocer a sus directivos. El relato los conmovió tanto que decidieron enviarlo para compartirlo con una audiencia interna más amplia.
Lo que este joven médico, humilde por naturaleza, no escribió en su historia —y que después compartió— fue lo siguiente: “Ella me quería y se sentía muy feliz cuando estaba con ella”.
En sus propias palabras: Un respiro de alivio
Del Dr. Alejandro Aquino
Atención paliativa, Valle del Río Grande, Texas
Cuando entré a su casa por primera vez, su esposo me abrió la puerta y en voz baja me dijo, “Está en la recámara. Está demasiado cansada para salir de ahí”.
La encontré sentada en la cama, tratando de saludarme. Hasta ese pequeño esfuerzo la dejaba sin aliento. Ella tenía 85 años, padecía fibrosis pulmonar avanzada y ya dependía de oxígeno de alto flujo. A pesar de que sus niveles de oxígeno eran técnicamente aceptables, era evidente que le costaba respirar. Se notaba en la forma en que se le levantaban los hombros con cada respiración.
Ya había pasado por atención especializada. Se le había recetado tratamiento antifibrótico, pero lo suspendió porque no toleraba los efectos secundarios. Recibía el máximo apoyo de oxígeno en el hogar. No dormía. Estaba exhausta.
Más que nada, ella se sentía invisible.
Así que me senté y la escuché. No la escuché solo para que pudiera desahogarse, sino para compartir el peso que llevaba — para sostenerlo juntos, no mirando desde fuera.
Su familia le insistía constantemente en que debía “seguir luchando”, pero nadie se había detenido a preguntarse qué costo tenía esa lucha para ella, qué le estaba quitando a su cuerpo, a su espíritu, a su voluntad. Fue entonces cuando le dije: es fácil hablar de fortaleza cuando uno no es quien lleva el peso. La fortaleza cambia de significado cuando cada respiración requiere un esfuerzo.
Y en ese momento, algo en ella cambió. No porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque por fin alguien daba testimonio de él, porque alguien había entendido que la esperanza solo tiene sentido cuando va acompañada de honestidad.
Hablamos de objetivos; no de curación, sino de comodidad; no de prolongar el sufrimiento, sino de devolverle su dignidad. Iniciamos de inmediato el manejo paliativo. Planteé la posibilidad de cuidados paliativos (hospice) a futuro, aunque nuestro enfoque inmediato se basó en aliviar los síntomas y estabilizarla.
Dada su disnea severa (dificultad para respirar), a pesar de una oxigenación adecuada, le receté morfina líquida en dosis bajas para aliviar la sensación de falta de aire. Como era de esperarse, tuvo miedo. La morfina carga con un estigma, y suele malinterpretarse como una rendición, cuando en realidad es un tratamiento.
Hasta en la farmacia tuvo que luchar. La receta fue cuestionada — no necesariamente con mala intención, quizá, pero con una desconfianza que hacía que su sufrimiento pareciera necesitar explicación. Cuando le llamé para darle seguimiento, estaba llorando. Su esposo, al escuchar las reservas del farmacéutico, pensó que ella no debía tomarla, así que se fueron sin el medicamento. Le recordé que no se trataba de rendirse ni de acelerar nada, sino de aliviar la sensación de ahogo estando perfectamente despierta. Se trataba de hacerla descansar, y devolverle estabilidad y cierto grado de control.
Hablé no solo como médico, sino como alguien que había estado sentado a su lado y había sido testigo de su angustia. Les aseguré a ella y a su esposo que el objetivo era sencillo: permitirle respirar sin miedo. Al final de esa conversación, aceptaron intentarlo.
Dos días después, su voz había cambiado.
Me dijo que había podido dormir toda la noche, y que podía caminar distancias cortas sin que el pánico le oprimiera el pecho. La constante sensación de estar al borde de una crisis se había atenuado.
En nuestra siguiente visita, ella estaba sentada en el sofá en lugar de confinada a la cama. Sonrió cuando entré. Me contó que había ido al supermercado por primera vez en meses, y que había salido de la casa acompañando a su esposo sin miedo a desplomarse.
Lo más significativo fue que fui testigo de algo sutil pero profundo: volvían a relacionarse como pareja y no como adversarios. No como cuidador y carga, sino como compañeros nuevamente.
Esto es lo que la atención paliativa hace posible cuando se brinda de manera oportuna e intencional. Evita las crisis. Previene hospitalizaciones innecesarias a la vez que restaura la funcionalidad y la dignidad.
En este caso, una intervención de bajo costo, centrada en la orientación al paciente y el fomento de la confianza, cambió de manera fundamental el curso de su experiencia con la enfermedad. No curamos la fibrosis pulmonar, pero sí evitamos su progresión, previnimos una descompensación aguda y le devolvimos calidad de vida a una paciente que se estaba preparando únicamente para el deterioro.
Esta es la labor de CareCoach Connect.
Aquí no solo se trata de aliviar los síntomas, sino de estabilizar los sistemas mediante la conexión humana.
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